Un paquete del sexshop

bondage-por-sorpresaDe repente una mañana suena el timbre y ya nada vuelve a ser igual. Dicen que nunca acabamos de
conocer a nuestras parejas y quizá sea verdad, aunque yo hasta entonces creía conocer bien a la mía.

Descolgué el interfono con la frase ya saliendo de mi boca -”por favor, no queremos correo comercial, cómo hay q…”-, pero le abrí, traía un paquete. Qué sería, me pregunté, porque ella no me había comentado que hubiese comprado nada ni que estuviese atento aquella mañana por si venía alguien.

Cerré la puerta y cogí el teléfono -oye, han traído un paquete, ¿tú sabes algo? Que lo abra, pero… vale, vale, lo abro…-. Mientras iba quitándole la cinta adhesiva iba haciendo un repaso mental: ni mi cumpleaños, ni el suyo, ni Navidad, ni nada que justificase un regalo. Qué será.

Otra caja dentro del embalaje de cartón sin identificación. Ésta sí lo llevaba: Kit de bondage de 50 Sombras de Grey. Y un papel suelto, el recibo, del sexshop online donde, empezaba a comprender, mi mujer lo había comprado: “Gracias por confiar en nosotros, esperemos que el artículo que ha comprado sea de su total agrado, si no fuese así, por favor, póngase en contacto de inmediato con nosotros”.

Viva el bondage y el fetish

Hostia con mi mujer, vaya tela con la película, cuánto daño ha hecho, fue lo primero que cruzó por mi cabeza. Volví a coger el teléfono, solo escribí “???”, y ella solo me contesto “^_^, luego hablamos”.

Pero la verdad es que casi no hablamos, entró por la puerta y me sonrió, una sonrisa nueva, diferente, morbosa.. me estaba poniendo nervioso, lo reconozco, e impaciente. De lo poco ue alcanzó a decir fue preguntarme que dónde lo había dejado, así, sin más, aunque los dos sabíamos a qué se refería, -en nuestro dormitorio, encima de la cama- dije. -Ven-, dijo, desde allí.

Si me pinchan no me sacan sangre. Zapatos de aguja, un juego de medias y liguero super sexy, un corsé fetish de cuero muy rockero y tapada con un antifaz de terciopelo, así encontré a mi mujer encima de la cama, a cuatro patas, sujeta por las dos piernas y una mano con las sujeciones que había comprado. -Átame la otra mano también y coje la fusta- me dijo ella, -pero…- balbucee, -calla, hazlo- me ordenó.

Ella estaba tan sexy, se mordía el labio, arqueaba el cuello y la espalda, me miraba como nunca lo había hecho, con mucho deseo y también riendo, porque ella también estaba nerviosa por cómo (me confesó más tarde) iba a reaccionar yo. -Ven, no pienses, juega… dame, por favor-, me susurró. Pero cómo iba a reaccionar (que le gustase el bondage, la ropa fetish que se había comprado, todo…) sino cómo lo hice, dejándome llevar.

La acabé de atar, me quité la ropa, me puse detrás de ella, la cogí de la larga melena, le susurré “voy”, y le fui lamiendo desde el cuello hasta el culo, besé su sexo, soltó un gemido y flexionó las rodillas tensando las sujeciones de las manos a las que ella se agarró con fuerza, cogí la fusta y empecé a darle sin soltarla del pelo. Seguía nervioso, aun me pongo cuando lo pienso, no quería hacerle daño y le golpeaba en las nalgas flojo, pero así no le gustaba… “Más, más fuerte, Javier!” Estaba empezando a estar fuera de sí, veía sus labios humedecerse, el culo cogiendo un color rosado y la cama crujiendo cuando ella estiraba. Yo estaba muy duro, disfrutaba viéndola disfrutar, parecía otra, quería seguir, pero también quería entrar en ella. El juego solo había acabado de empezar.

Nunca lo hubiera imaginado, no sabía que le iba el bondage ni la ropa fetish, nunca acabamos de conocer del todo a la persona con quien compartimos la cama, pero quizá mejor, porque sorpresas así alegran la vida.

 

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